lunes, 31 de agosto de 2009

CARTA DE DULCINEA A DON QUIJOTE- VIOLETA SÁEZ

Oculta y salva por Cide Hamete Benengeli de toda publicación…Hasta hoy


“Mi desconsolado Caballero de la Triste Figura,

Nuestro amor es imposible y loco seríais de no verlo.
Esa es la premisa que anticipa mi respuesta a la sentida misiva que me escribís.
Más afortunada será aquella gran dama, la tal Princesa Micomicona, de valerse de vuestros favores para devolver la paz a su reino; por lo que a mí respecta, podéis ir en paz del que yo gobernaba para vos en mi corazón.
Porque, amado caballero, os vuelvo a repetir, que nuestra unión será imposible
eternamente. Vos, andante y justiciero, no podréis hacer justicia a la dama de vuestros anhelos, que aunque sea vuestra única señora, labradora me creen los comunes mortales.
Vos fuisteis el único en amarme como soy: Una belleza oculta tras la viruela, una campesina, menos iletrada de lo que siempre se ha pensado. Bien me guardo de despertar curiosidades, tan peligrosas por las envidias que atraen consigo. Pero, yo sé leer Don Alonso, tan cierto como que vos me enseñasteis y que guardo vuestros libros en un pellejo bajo la tierra.
Nunca os envié carta alguna con Sancho, honrado y leal parece, no lo desmerezco.
Sin embargo, no me arriesgo. Mis años me capacitan para llegar a vos por otros medios… Claro está, mediante palabras.
Por eso encontraréis esta carta al despertar; ¡Por Dios, Caballero!, no la mostréis a nadie.
No quiero que vuestra fama se vea ennegrecida con los destinos que a mí me aguardan
y que prontamente os vengo a relatar.
Dulcinea me llamáis vos y Dulcinea me llaman… otros caballeros.
Vuestra enfermedad os ha dado en hacer públicos nuestros nombres tabernarios. Vuestra triste figura, Alonso mío, recorre La Mancha enajenada, olvidando que las veladas nocturnas nunca se celebran en un mismo lugar. Habéis salido victorioso de vuestro encuentro con La Santa Hermandad. De eso ya me han dado aviso algunos celosos míos… Pero no será igual siempre y temo por vuestra salud, esa que me llega con tanta pleitesía.
Nuestra orden andante se ampara en la noche. Por San Juan celebramos la reunión anual. Nunca nadie antes nos había molestado. La razón que os doy ahora es que esos tiempos están por cambiar.
Ya me lo avisaba mi vieja comadre, la buena Raposa que nos presentó. Recuerdo su caldero, espejo de los fatos…Una vez le dije que los antiguos conocían todo lo que hemos olvidado. Ella sonrió y enseñó esos dientes de carcoma. “No sientas cuita Aldonza, verás muchas cosas en ese caldero: Una mujer trabajando, una doncella que lee, un hombre barriendo…Tal como hoy. Centurias vendrán en que los hombres puedan alejarse a los astros y volver dellos, centurias habrá en que triunfe el entendimiento, en que los mismos que no se maravillen de esos prodigios sí lo hagan con lo cotidiano. Estemos atentas a esto.”
Mi buena Raposa, ceniza en la hoguera.
Por eso, Alonso, sigue su consejo.
Desconfía de los incrédulos y finge ante ellos. Finge compartir su ignorancia que mostrarse loco ya no es salvaguardia.
Lúcete de noche, que ni bajo el Sol distinguen ya el cántaro de su sombra, ciegos como van por su Ambición. Sí, Don Alonso, esa es la dama a quien se encomiendan tantos.
Nuestras mentes prestas al saber no encuentran el momento del reencuentro. Tan difícil nos lo ponen haciendo pasar nuestras reuniones por diabólicas orgías.
¿Qué sentido habría en adorar a un cabrón pudiendo gozar del vino entre libros y amigos?
Mi Alonso amado, vuelve a tu hacienda. Vuelve con esa sobrina que no tiene otro padre. Como no lo tiene el hijo que espero. Sí, Alonso, a mi edad. Pero no confío en alumbrarlo si descubren nuestro secreto.
Y no tardarán en conocer mi preñez, aunque pase por gordura de momento.
Esta es mi desdicha, no poder escapar a los cielos.
No poder volver a tus brazos de penitente enfermo.
No ver nacer el consuelo entre tanto entuerto.
No tener ni la esperanza mal llevada de un regreso...
No es ésta la carta de una Penélope o de una Deyanira.
Os ruego, caballero, un último don, sed estandarte de mi honra cuando me den por muerta. Una labradora enferma de fiebres incurables.
Aldonza Lorenzo: Muerta y enterrada.
Que piensen en Dulcinea como en otra más de vuestras invenciones.
Alejad de mí ese nombre…Aunque sea el único que tengo.


Siempre vuestra Dulcinea,
Aldonza Lorenzo.”

2 comentarios:

Deprisa dijo...

La estoy viendo escribir esas palabras. Magnífica la interpretación del personaje de Dulcinea.

Violeta Sáez. dijo...

Muchas gracias...Claro que sólo es ficción ;)
Muy buenos blogs musicales los tuyos. Un saludo.