sábado, 20 de noviembre de 2010

100 AÑOS SIN TOLSTÓI



El conde Liev Nikoláievich Tolstói (1828-1910), "Gran señor de las letras rusas" es conocido tanto por su legado literario como por su fuerza moral, llegando incluso a renegar de las comodidades de su propia clase. Sus obras están imbuidas de ese "evangelismo populista" de raíz campesina que supo llevar más allá de lo utópico.
Mucho se ha escrito al respecto, me refiero a fuentes biográficas, fílmicas y postales, empezando por él mismo. A los veinticuatro años ya ofreció anónimamente un tríptico de sus memorias: Infancia, Adolescencia, Juventud, en las que prima una objetividad casi novelística. Esta fusión de géneros queda patente en sus Esbozoz de Sebastopol (1855) fruto de su experiencia militar. Más tarde comienza a escribir diversos relatos y novelas cortas como La tormenta de nieve o Dos húsares, en los que destaca la impasibilidad del narrador. De esa época es La felicidad conyugal, novela corta de gra profundidad psicológica y voluntad de aleccionamiento moral.
Sin embargo, para muchos es Guerra y paz, el "libro" considerado su obra máxima. Pongo libro entre comillas porque para Tolstói no se trataba de una novela y prefería la primera denominación. En ella se da no sólo un distanciamiento estético sino también temporal: La acción se desarrolla medio siglo antes de la redacción, como recurso de "glorificación" de una "edad dorada" de la aristocracia rusa, según estudiosos como la profesora Doña Ana Vaquero de la Universidad de Murcia. Con todo, el tratamiento histórico denota la ausencia de personajes de clase media, aunque en el libro encontramos la presencia de un personaje fundamental: el campesino Platón Karatáiev.
Anna Karénina (1877) es otra de sus grandes obras. En ella destaca el tratamiento del personaje protagonista femenino, Anna. Otras obras destacables son La muerte de Iván Ilich, Hadzhi Murat o La sonata Kreutzer.
Tras renunciar a sus propiedades en favor del campesinado-lo que le trajo no pocos problemas familiares- , escribió a Nicolás II denunciando los males del país y proponiendo la abolición de la ley agraria vigente entonces. En 1905, año del primer intento revolucionario, afirma en su Manifiesto a los trabajadores que las causas de la miseria humana están en sus condiciones sociales exteriores ( no viene dadas por la naturaleza o el destino).
El 20 de noviembre de 1910 huye de su casa a una pequeña estación ferroviaria, donde le alcanza la muerte mientras espera un tren.


Tras esta breve reseña, me gustaría dejaros con uno de sus cuentos más famosos, el cual me marcó de niña hasta el punto de copiarlo incesantemente en diversos cuadernos.



El león y el perrito

En un jardín zoológico de Londres se mostraban las fieras al público a cambio de dinero o de perros y gatos que servían para alimentarlas.

Un hombre que deseaba verlas y que no tenía dinero para pagar la entrada, atrapó al primer perrito callejero que encontró y lo llevó a la Casa de Fieras. Le dejaron pasar e inmediatamente echaron al perro a la jaula del león para que este se lo comiera.

El perrito, asustado, se hizo un ovillo en un rincón de la jaula y el león se acercó para olfatearlo. Entonces el perro se puso patas arriba y empezó a menear la cola.

El león lo tocó ligeramente con la garra y el perrito se levantó, se sentó sobre sus patas traseras y lo miró.

El león lo examinó, moviendo su enorme cabeza, y se alejó de él sin hacerle el menor daño.

Al ver que el león no se comía al perrito, el guardián de la jaula le echó un pedazo de carne. El león apartó un trozo y se lo dio al perro.

Al llegar la noche, el león se echó en el suelo para dormir y el perro se acomodó a su lado, colocando su cabeza sobre la pata de la fiera.

A partir de entonces, los dos animales vivieron en la misma jaula. El león no le hacía ningún daño al perrito, dormía a su lado y, a veces, incluso jugaba con él.

Cierto día, un señor visitó la Casa de Fieras y reconoció al perrito, que se le había extraviado. Fue a pedirle al director que se lo devolvieran, pues ese animal era de su propiedad. Pero cuando trataron de sacarlo de la jaula para dárselo, el león se enfureció y no hubo forma de conseguirlo.

Así, el león y el perrito vivieron en la misma jaula durante un año entero.

Al cabo del año, el perro enfermó y murió.

El león no quiso comer, se puso triste y olfateaba al perrito, lo lamía y lo acariciaba con la pata.

Al comprender que su amigo había muerto, se enfureció, empezó a rugir y a mover la cola con rabia, tirándose contra los barrotes de la jaula, como si quisiera destrozarla.

Así se pasó todo el día. Luego se echó al lado del perrito y permaneció herido y quieto, sin permitir que nadie se llevara de la jaula el cuerpo sin vida de su amigo.

El guardíán creyó que el león olvidaría al perrito si le metía a otro en la jaula, y así lo hizo, pero, ante su asombro, vio como el león lo mataba en el acto y lo devoraba.

Luego, se echó nuevamente, abrazando al perrito muerto, y permaneció así durante cinco días.Al sexto día, el león también murió.



Ilustración de Alekos
Cajón de cuentos León Tolstoi
Bogotá: Panamericana, 1996

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